Apocalipsis silencioso

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Hoy sí que ha sido un sueño «peliculero» de los del Apocalipsis.

Estábamos en pleno centro de mi ciudad y el ambiente era de fiesta. Las tiendas de moda habían organizado algo y había modelos en los escaparates (personas reales). Estaban vestidas de colores vivos, pero todo era muy elegante. Había adornos de plata, candelabros y plantas tropicales y los escaparates eran enormes, altísimos y enteramente de cristal.

No era lo que parecía

Paseábamos por las calles N, su hermana Q y yo. Pero de buenas a primeras nos pareció que no había tanta gente como sería lo normal en un evento así. De todas formas seguíamos mirando algún escaparate y desde dentro las chicas nos saludaban, creo que conocíamos a alguna de las modelos.
En un momento dado vi que había unos extraños montones de tierra cilíndricos a los lados de una calle, que parecía que tenían algo dentro, pero no reparé en ello. Cuando llegamos a la calle principal, estaba casi vacía. En los extremos veíamos grupos de personas que se iban hacia las bocacalles. Hacia fuera, sin decir nada, pero apresuradamente.

Empezamos a ver escaparates destrozados en algunas calles. Tenían el suelo cubierto de trozos de cristales y jirones de telas que colgaban fuera de las tiendas. En algunas tiendas, las modelos se abrazaban unas a otras con caras de terror pero sin decir palabra. Había un silencio plomizo y los soldados nos miraban a lo lejos. Nosotros no nos acabábamos de dar cuenta de que estuviese pasando algo. Bajábamos divertidos al origen del problema para ver qué era, pero intenté decirles a N y Q de que era mala idea ir a ver lo que pasaba. Al menos, no hasta el origen mismo de lo que fuere que estaba pasando, porque nos podíamos meter en un problema. Pero lo decía sin mucho convencimiento porque aun no sabia qué pensar. En esto, un sanitario (protegido completamente con ropas de seguridad y a la vez un casco militar) nos indicó claramente cruzando los brazos que por allí no debíamos ir. Llevaba una máscara roja y guantes rojos. El resto era de ese color verde azulado de hospital. El casco era basto, pesado, parecía un casco antiguo de la Segunda Guerra Mundial. Tenía una especie de malla sobre él.

La realidad

Giramos por una calle con un miedo en el cuerpo que nos ponía los pelos de punta. Vimos a un grupo de soldados colocando cuerpos de personas que eran extrañamente pequeños o bien estaban agazapados encima de montones de tierra cilíndricos como los que ya habíamos visto. No sabíamos por qué ni qué estaba pasando o en qué consistía y esa sensación de inseguridad era tremenda. Íbamos hacia la que era presuntamente nuestra casa por una calle ascendente. Entonces, vimos a uno que le hablaba a una puerta para convencerles de que le dejaran entrar. Los de dentro inmediatamente cerraron de un portazo y siguieron a lo suyo. Fue sorprendente porque en todo ese fregado era como si cerrar la puerta fuera suficiente para protegerse del peligro. Inmediatamente nos dimos cuenta de que aquella persona era peligrosa y nos dimos la vuelta. Apareció más gente que se unió a nosotros. Alguien a quien no podía ver se empeñó en sujetar mi cara hacia delante mientras nos íbamos en silencio para que no miráramos a ese chico ni hablásemos con él. Como si eso fuera la forma de «contagio» o peligro.

Al fondo, el ejército, montones de muertos y la sensación de silencio y muerte lo invadían todo.

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