Sueños pandémicos

Con esto de la pandemia, hacía mucho que no tenía tiempo de anotar nada. Ni tiempo, ni ganas.

La cuestión es que llegó 2020 y aunque tenía más tiempo, porque mi jornada laboral se redujo, tampoco me había dedicado a escribir sueños desde hacía mucho. Y tampoco tuve grandes sueños.

Y hete aquí que pasaron los meses de una época terrible, en la que fallecieron millones de personas. Algunos por el virus, otros por otras enfermedades que no se atendieron por la saturación hospitalaria. Otros por los motivos habituales. Mucha muerte en estos tiempos. Pero contra todo pronóstico y aún cuando pensábamos que eso no podía ser, llegó la vacuna. Y por supuesto pedí hora a la primera oportunidad para disfrutar de esa tecnología que ha llegado en meses para todos, por igual. Cosa de la que estoy satisfecha y por qué no decirlo, orgullosa.

Por supuesto, los efectos en la noche del pinchazo no se hicieron esperar y me pasé «la noche entera» discutiendo a gritos, a viva voz, insultando con toda mi voluntad al vecino de arriba. El entrecomillado responde a que a veces nos parece que estamos horas y horas haciendo algo, pero en realidad puede no ser así.

El susodicho vecino de arriba era un «magufo«, un liante o mercachifle que pretendía ir al programa «Cuarto Milenio» de Íker Jiménez a vender teorías conspiranoicas contra la vacuna y contra el conocimiento, así en general. Pero por algún motivo, no querían entrevistarle ni dar difusión a esas ideas y estaban discutiendo él y una mujer (al otro lado del teléfono) por estas cuestiones. Tratando de negociar lo innegociable, porque la negativa de ella era tajante. No se explica por qué yo era capaz de oír o entender a la otra voz en la llamada. Quizá hablaban por el altavoz.

La cosa es que no me dejaban dormir, porque todo esto sucedía a las cuatro de la mañana (ese podría ser un dato real pues me desperté en un momento dado y miré la hora). Así que yo les chillaba ordenándoles que se callasen e interpelando al vecino por defender patrañas de diverso pelaje. Al mismo tiempo, N me agarraba del brazo rogándome que no siguiera dando voces porque nos íban a oír y «se iba a liar parda». Después de horas de esta tesitura llegó la hora y me levanté un poco preocupada y contrariada por la nochecita. Fui dándome cuenta. La cosa tenía que haber sido un sueño.

Tuve que preguntarle a N si le había chillado durante la noche, porque alguna parte de todo el asunto tenía que ser verdad. Pero la verdad es que ni yo grité, ni gritaba el vecino pues no existe. Ni existe la habitación de arriba porque hay una terraza encima de la habitación. Ni tampoco es creíble que el mencionado programa rechazase categóricamente a un anti-vacunas en su plató. Aunque me parecería estupendo, pero no iba a suceder.

Además de todo, pasé un frío terrible despertándome constantemente y pensando cómo calentarme. Claramente era una tiritona provocada presuntamente por la fiebre y los efectos de la vacuna. Pero en fin, en eso quedó todo y hoy estoy estupendamente.

Cuidaos.

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Un taxi muy caro

Esta vez soñé que estaba en Asturias. El lugar sin embargo era una mezcla de otros sueños y ubicaciones del pasado. Pero en el sueño, yo tenía claro que era Asturias.

Tenía que subir a una colina y llegar a una casa que estaba en lo alto y era una versión de mi casa de toda la vida, donde viví hasta los 26 años. Está claro que dentro de mi cabeza, la imagen de mi hogar es esa casa.  Esta vez la casa era más grande y alta de lo habitual, aunque seguía teniendo las mismas plantas. Por algún motivo, en las fachadas exteriores había una serie de escaleras y barreras metálicas para acceder a los pisos superiores. Como si por dentro no hubiese escaleras. Además, una vez llegabas al piso deseado tenías que colarte por la ventana.

panning photography of yellow taxi
Photo by Rodolfo Clix on Pexels.com

La cuestión es que para llegar a la casa tenía que coger un taxi, porque aunque estaba todo a plena vista, aparentemente era un viaje muy largo para ir andando. Cogí el taxi y fui vigilando el taxímetro que fue subiendo hasta los 13€, que me pareció mucho dinero. Pero al detenerse el taxi en su destino, el taxímetro pegó un salto pasando a mostrar… ¡77€!

A partir de aquí se inició una discusión con el taxista sobre el precio, debido a unas tasas u otro tipo de excusas que fue poniendo. Yo no sabía si pagar y luego reclamar a consumo o si negarme a pagar y llamar a la policía para que mediaran y denunciarlo. Porque a todas luces era una especie de estafa. Sin embargo el taxista estaba convencido de que el precio era el debido y él no podía hacer nada para reducirlo.

En estas, me desperté.

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Gatitos y pesadillas

Hoy he soñado con gatitos y al principio era un sueño agradable. Había muchos gatitos pequeños que no sé de dónde habían salido, pero los cuidaba. Había alguien más que no sabía cuántos había y pensaba que se trataba de un solo gatito pequeño. El gatito que estaba en alguna parte de la casa y no aparecía, estaba escondido. Era una casa distinta que no ha salido antes en mis sueños, o no la recuerdo. Y yo, que sabía exactamente cuántos gatos había, aunque ahora me es imposible recordarlo, los iba recogiendo. Los iba amontonando en mis brazos y recuerdo haber ido recogiendo hasta tres. Los cogía de cualquier manera y ellos estaban felices. Eran grises o grises muy oscuros, alguno casi negro. Eran gatitos de menos de 7 meses, con sus colitas disparadas y cortas. Maullaban tan flojito que parecían pajaritos.

Free cute little kittens image

En otra parte del sueño llegaba la pesadilla. Mi gata J hacía cosas extrañas, guiñaba mucho un ojo y pensé que algo le molestaba. Cualquier mota, o algo así que a veces les molesta. Pero empezaba a hacer cosas extrañas. Más tarde, en el sueño, yo estaba trabajando en mi ordenador muy concentrada. Entonces, miré hacia la parte izquierda. En la estantería que tengo a mi izquierda estaba J subida en lo alto de la librería. En una altura superior a la de mi cabeza si yo estuviese de pie.

Ella estaba cayendo, como dejándose resbalar desde lo más alto, apoyándose contra los libros y las baldas pero dejándose resbalar como si durmiese. Pero estaba teniendo algún tipo de ataque cerebral o algo así. La recogí mientras se iba deslizando hacia abajo, sin levantarme de mi silla. La deposité entre mis piernas, tumbada sobre su lomo boca arriba, tan pacífica. En una posición en la que sería imposible tumbarla y menos mantenerla por su voluntad.

Su lengua asomaba ligeramente por un lado de su boca y guiñaba un ojo y a veces el otro. En ese momento comprendí que estaba sufriendo una especie de ictus gatuno pero que no sufría ni sentía dolor, simplemente estaba como sonámbula. Me puse a repasar a toda velocidad lo que tendría que hacer, dónde llevarla y cómo íbamos a poder cuidarla adecuadamente si quedaba perjudicada después del evento. Estaba en eso cuando me desperté. Lo más sorprendente es que sentía perfectamente que ella no sufría y ni siquiera yo me sentía tan mal como me sentiría si no fuera un sueño.

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La tienda en la montaña del cementerio con vistas

Hoy he soñado con mi padre y una tienda suya. Él estaba tal y como lo recuerdo cuando yo tenía unos 15 años y yo aparecía como soy hoy, algo que nunca ha ocurrido. Él vestía una americana de pata de gallo en tonos verdes y negros y unos pantalones de pana. Yo no recuerdo como iba vestida.

Estábamos en una zona preciosa de la isla que solo existe en los sueños. He soñado con esa zona varias veces. Hay montañas y acantilados y unas vistas al mar increíbles al final de todo. Está en un cementerio con mejores vistas de la isla. Hacía mucho sol, pero no hacía calor. Íbamos andando bajando por escaleras de piedra y caminos estrechos. Los escalones estaban rematados con cantos rodados en los bordes. Había coches aparcados en lugares extraños que impedían un poco el paso. En una esquina él se fijó en que unos elementos rectangulares que parecían botones o remaches plateados y en realidad estaban imantados. Los dejamos estar allí “pegados”.

Continuamos andando y fuimos a su tienda de cerámica que era un éxito. Era enorme y estaba diseñada por su amigo arquitecto. Era una maravilla, ojalá hubiese existido como aparecía en mi sueño. Había cantidad de piezas diversas y fotos de mis padres. Las superficies eran blancas y redondeadas. Había una ballena de cerámica a tamaño gigante, medía varios metros. Era tan grande que había una familia (pareja y dos niños) sentados en la boca haciéndose fotos a sí mismos. Estaba pintada en tonos amarillos y anaranjados. Parecía dorada y hecha en cerámica.

Cuando mis padres se conocieron, él tenía una tienda de cerámica en Madrid, pero jamás pude conocerla (fue 10 años antes de nacer yo) ni he visto ninguna imagen de la tienda.

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Navegando  

Con el coche, pero navegando. No recuerdo mucha cosa, pero lo que sí sé es que estaba con todas mis amigas y algunas más que no sé quiénes eran, pero éramos en total unas siete personas. Mi madre también estaba. 

Habíamos pasado el día haciendo cosas y al final del día R nos iba a llevar a todas de vuelta a casa. La cosa es que íbamos en mi antiguo Seat Ibiza plateado, pero lo llevaba ella. Y resulta que íbamos navegando por el mar, en la costa. Recuerdo que mi madre, que iba en el asiento del copiloto, abría la puerta para sacar los pies y remojarlos mientras íbamos hacia casa de alguien. ¡De lo más natural!

Este Seat Ibiza fue el primer coche que compré yo sola y fue una experiencia intensa porque no tenía ni idea de cómo se hacían las cosas, ni qué evitar o todo eso que ahora puedes encontrar en abundantes publicaciones del tipo «10 cosas que no hacer cuando compras un coche» o «5 trucos para comprar un coche más barato en 5 días» o lo que se te ocurra.

Mi modelo era plateado gris y este era plateado azulado, pero básicamente es el mismo. Después de unos años lo vendí a una señora que se lo quería dar a su hijo para ir a la Universidad. Pensé que al menos le quedaría una larga vida y muchas aventuras por delante, porque lo tenía muy cuidado. Me enteré hace unos años de que lo dejó siniestro total el primer año.

navegando en este coche, pero plateado. Este es azulado
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